“Son disparos de mortero y provienen de Coangos señor Presidente” responde el oficial encargado de la seguridad del entonces jefe de Estado peruano.
No más palabras. Nuevamente el silencio se apodera de la madrugada, húmeda y extremadamente fría de la selva del Alto Cenepa. En la penumbra, trato de mirar el reloj, son las doce y veinticinco. No puedo conciliar el sueño, no tengo bolsa de dormir y la humedad de la jungla me está calando los huesos.
Los estallidos siguen perforando nuestros oídos. Las reporteras de televisión están cobijadas, privilegiadas ellas, en la carpa presidencial, algunas pretenden contar cachos para templar los nervios, otras no ocultan su temor de que la zona sea objeto de una "lluvia" de pólvora y metralla. "¿Y si los morteros caen aquí, presidente?", repetían incesantemente.
"No pueden matar al presidente, tranquilas, no va a pasar nada", responde Fujimori. Yo estoy allí, al lado de la carpa, titiritando de frío, escuchando todo.
Fujimori sabía que los militares ecuatorianos lo tenían en sus coordenadas, dos horas antes desde un teléfono satelital había declarado "en vivo" para los noticieros estelares de la televisión peruana, hecho que preocupó a su seguridad pues el presidente hizo caso omiso a la recomendación de no encender el aparato pues éste iba a ser "rastreado".
Una de la mañana, una y treinta, dos en punto. ¡A qué hora amanece! la humedad me contrae cada vez que intento dormir, el cuerpo se dobla instintivamente y no hay nada allí en esa selva con qué cubrirse. El fotógrafo presidencial, Oscar Paredes, aparece como una sombra en la penumbra, está en las mismas condiciones que yo, lleno de humedad, sin "sleeping" y caminando a pasos cortos pero acelerados, yendo y viniendo, para entrar en calor. "Ya somos dos", le digo resignado.
La mañana anterior, el 15 de febrero de 1995 la guerra no declarada con el Ecuador marcaba un nuevo rumbo. La conflagración parecía inminente y Alberto Fujimori había decidido de manera sorpresiva, fiel a su estilo, viajar a la zona del conflicto por tercera vez ese mes.
Entonces, no hubo tiempo para pedir que la redacción de El Peruano, para el que trabajaba entonces, me enviara botas, bolsa de dormir y repelente, indispensables para subsistir en la selva, logística, que sí tuvieron los colegas de otros medios de comunicación que estaban mejor enterados de la agenda presidencial esa mañana.
No había alternativa, así que tomé la decisión de asumir los riesgos del viaje. Desde el Palacio de Gobierno la caravana presidencial enrumbó velozmente al Grupo Aéreo N° 8 en el Callao, a 25 minutos del centro de Lima.
Las tres de la mañana. Se me antoja encender un cigarrillo pero un suboficial parapetado bajo un árbol, con un pasamontañas y encauchado, me dice que ni se me ocurra, que nadie podía prender un encendedor, la orden es terminante, "nada de prender cigarrillos, ni fósforos, ni linternas", dice casi susurrando. Luego supimos que la luz que irradia el cigarrillo encendido puede ser visto desde una considerable distancia, incluso el aroma del tabaco se percibe desde centenares de metros. Ni modo.
Son las cinco y treinta aproximadamente. La naturaleza ha escuchado nuestros ruegos. Ha amanecido. Aun hace frío, mucho frío. Muchos creerán que la selva es un infierno de calor, pero nada más errado, conozco las selvas del Huallaga, del Marañón, la de los ríos Apurímac y Ene, donde operaba Sendero Luminoso, pero ninguna como la del Cenepa. La frondosidad de los árboles hace imposible la entrada de los rayos solares que permitan secar el terreno, por eso cada vez que llueve, que es a diario en ese lugar, la selva del Cenepa se vuelve fangosa, pantanosa e intransitable a pesar de las botas de caucho altas que llevamos.
Empiezan a discurrir soldados cargando no fusiles sino camillas, los heridos se cuentan por docenas, son tan jóvenes y ya no tienen piernas ni brazos; otros gritan de dolor mientras esperan que las ambulancias humanas lleguen al PV1 que está a una hora y media a pie desde allí ¿Porqué peleamos? dicen muchos, "en el otro lado debe estar sucediendo esta misma desgracia", pienso. ¿Qué ganamos con la guerra?, me pregunto, mientras intentábamos avanzar por un estrecho camino hacia Tiwintza y mientras me sobreviene una crisis de asma por la húmeda noche, pero esa es otra historia. (Braulio Orellana)
Ilustraciones: Revista Caretas, Perú
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